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Ley y Código: juntos siempre es mejor

Las Blockchains Públicas y las leyes de regulación, destinados a entenderse. La regulación en Internet había sido más sencilla, pero en el ecosistema Blockchain se ha añadido una complicación: el uso de la criptografía y la voluntad firme de desarrollar protocolos de anonimización. 

La regulabilidad, es la capacidad de un Estado de modular conscientemente  la conducta concreta de un ciudadano mientras éste está en Internet. Para ello, necesitan saber: 

a) ¿Quién es? 

b) ¿Dónde está? 

c) ¿Qué hace? 

Hasta ahora, en el entorno de Internet y las aplicaciones o plataformas que se desarrollan por encima, esta ha sido una tarea relativamente sencilla, con pocas excepciones. Sin embargo, el ecosistema de las Blockchains Públicas ha añadido una complicación: el uso de la criptografía y la voluntad firme de desarrollar protocolos de anonimización. 

Además, mientras que en las fases del Internet 1.0 hasta hoy (3.0?), los activos en comercio eran o bienes, o información (datos). Con el desarrollo de la tecnología Blockchain se empezó a poder transmitir digitalmente un nuevo tipo de valor. Valor real, económico. 

Al fin y al cabo, el flujo de capital con repercusión no solo afecta en el mercado financiero sino en la capacidad de los Estados de controlarlos y hacerlos tributar. Por este motivo, es posible que veamos numerosos intentos de regular, para así poder monitorizar: quién tiene el valor, qué territorio puede desplegar sus prerrogativas sobre él y para qué actividades lo está usando, y por tanto, qué impuestos le corresponde pagar.  

No debemos olvidar que la tecnología Blockchain tal y como está estructurada en la Red de Bitcoin ha planteado dilemas idénticos a los que  en su día planteó Internet: la libertad soberana, el “code is law” o la ubicuidad del ciudadano frente a la territorialidad de las jurisdiccionales estatales, y que todas ellas fueron resueltas, y no a favor de los cypherpunks precisamente. No solo eso, sino que en el caso de Internet, ni siquiera fue necesaria la ayuda de un Gobierno para evolucionar hace una arquitectura de control, por lo que en ciertos aspectos, el entorno crypto puede estar tratando de reinventar la rueda. 

Y es que es cierto que la evolución de Internet hacia un entorno más fácilmente monitorizable fue fruto de las necesidades naturales del comercio (la mayoría de empresarios demandan seguridad jurídica para realizar sus actividades), y en Internet no parecía tan sencillo diferenciar si un usuario era hombre o mujer. El anonimato, por ello, no era una funcionalidad muy valorada por el comercio, por lo que la Red fue gradualmente introduciendo sistemas de identificación que atraían negocio pero que a su vez, hacían de él un entorno más fácilmente regulable. Herramientas para la identificación no inherentes al protocolo TCP/IP, pero si innovaciones que se introdujeron posteriormente.  

Esa tensión entre dos fuerzas opuestas se produce también en las Blockchains Públicas. Las necesidades de quienes quieren desarrollar negocios sin exponerse a las “amenazas” por incumplimiento de la legislación vigente, frente a la firme voluntad de los usuarios de mantener el ecosistema como un entorno seudónimo (o anónimo), con capacidad de crear sus propias reglas y de hacerlas ejecutar.  

No obstante, en este punto hay una diferencia reseñable entre Internet y una Blockchain. Mientras que solo tenemos una Red, Blockchain no termina de ser más que un conjunto de características que nacieron con el objetivo de mantener la integridad de un conjunto de datos compartidos entre varias  partes, sin autoridad central, y que permitieran la transmisión de valor que funciona sobre, y gracias a la Red. 

Y en este sentido, por un lado, es más resiliente frente a la regulación (por la capacidad que tienen los usuarios de llevar a cabo un fork y replicar rápidamente un sistema), pero por otro, corre más riesgo de perder valor en esas fragmentaciones.  

A ello hay que añadir que aun asumiendo que algunas Blockchains como la Red de Bitcoin, están completamente descentralizadas y a priori no tienen punto único de fallo, ni de coerción normativa, como dice Nick Szabo “los  intermediarios de confianza son agujeros de seguridad”, por lo que mientras  haya empresas o usuarios identificables usando la Red, será permeable en  cierto grado a la regulación de los Estados.  

Regulación que no obstante suele caer bastante mal en la comunidad crypto. Esta aversión, en ATH21 tratamos de reducirla a través del debate y del trabajo. En el mundo legal todo es más sencillo cuando aprendes a surfearlo, no a sufrirlo.

Artículo escrito por:

Cristina Carrascosa

Socia fundadora de ATH21

cristina@ath21.com

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